Querido diario

Mamá, quiero ser perfecta

14 de octubre de 2020

Mujer en espejo

«A ver mamá, es que yo quiero ser perfecta». Mátamecamión. Esta frase le pone los pelos de punta a cualquiera. Bueno, igual a cualquiera no, pero a mí, desde luego, sí.

Resulta que la mayor ahora quiere ser modelo. Yo, en mi línea de sacar el lado positivo a todo, le dije que si quería ser una de las buenas, lo que tenía que hacer era comer supersano, hacer mucho deporte y ponerse a estudiar inglés como si no hubiera un mañana. Y en ello estamos.

Pero tiene muchas dudas sobre el mundo del modelaje. Quiere saber si puede ser modelo teniendo los dedos de los pies así (con los meñiques torcidos y montados sobre los anulares), si cuando las modelos se agachan y doblan las rodillas también les sale un «michelín» como el que le sale a ella y si las más famosas tienen las tetas «así larguitas como tú» y me lo dice señalándose un poco más arriba del ombligo, «o así cortitas» y hace un gesto como el que haría cualquier macho alfa para hablar de alguna hembra que las tiene bien colocadas en su sitio. Y añade que ella las quiere cortitas. Por si había dudas.

Y yo me debato entre llorar por esa cruel descripción de mis tetas, que son así, «larguitas», en parte porque hace casi siete años le dieron de comer durante seis meses, o reírme porque, en el fondo, si me olvido de que habla de las mías, es una ocurrencia graciosa.

Esta conversación la tuvimos hace justo una semana. Y llevo dándole vueltas desde entonces, porque tengo un lío mental que no me aclaro ni yo. Os cuento:

Soy alérgica a la palabra perfección. La escucho y me produce urticaria. Creo que nadie es perfecto y que intentar serlo no trae nada bueno. Estoy convencida de que puedes ser mucho más feliz en la vida si te olvidas de intentar buscar la perfección y, simplemente, dejas que todo fluya.

Pero resulta que, cosas de la vida, desde hace un mes me han ampliado las funciones en el trabajo y ahora, además de encargarme de la comunicación y marketing del Hospital Quirónsalud Vitoria, realizo también algunas tareas de atención al paciente: concretamente, me toca tratar muy de cerca con las pacientes de la consulta de cirugía estética. Les doy los presupuestos, les aclaro las dudas y, cuando vienen a la consulta postcirugía, les escucho hablar de lo encantadas que están con los resultados, les digo que la verdad es que están divinas (porque realmente lo están) y nos alegramos juntas por haberse atrevido a dar el paso.

Y ahí entran en conflicto mis ideas y mis principios. Porque por una parte pienso que cada uno es como es, que lo que para uno es perfecto, para otro puede ser espantoso y que la naturaleza nos ha hecho diferentes porque eso es lo divertido, lo que da salsilla a la vida.

Pero, por otra parte, veo a las pacientes que salen de mi despacho felices con sus tetas bien colocaditas, «cortitas» que diría mi hija, sus narices ideales, sus párpados sin colgajos ni bolsas, sus frentes sin arrugas y sus abdómenes planos y me pregunto, ¿y por qué no? ¿La vida no se trata de intentar ser felices? ¿Y no es verdad que somos más felices cuando nos miramos al espejo y nos gusta lo que vemos? Muchísimo más. Dónde va a parar. Y entonces, ¿en qué quedamos, Esthercita? ¿Buscamos la perfección o nos aceptamos como somos?

Y no soy capaz de contestarme. Porque, en el fondo, aunque yo vaya de que no busco la perfección y de que cada uno es como es y lo que mola es aceptarse a uno mismo y punto, una vez que subí por error una story sin filtro a Instagram estuve a puntito del colapso, utilizo sujetadores de hormigón armado y me compro todos los pantalones en Calzedonia, que es donde los venden con faja incorporada y con el mejor push up del mercado.

Y si de verdad no buscara acercarme a la perfección, no me habría gastado un pastizal en una cinta de correr para mi salón, porque yo en realidad odio el deporte. Lo que habría hecho sería gastarme ese dineral en toneladas de After Eight, porque para mí lo natural sería pasarme las noches leyendo en el sofá, con la caja de chocolate bien cerquita, y no sudando encima de una cinta de correr, por mucho que tenga a Miguel Ángel Silvestre amenizándome el momento.

Así que no sé. Cuando la niña me dice que quiere ser perfecta intento convencerle de que ya lo es, porque todos somos perfectos a nuestra manera. Sin embargo, por lo bajini, estoy deseando probar esas maravillosas inyecciones de bótox que borran de raíz las arrugas de las frentes de las pacientes que vienen a la consulta. Así, y solo así, podría olvidarme de los filtros de Instagram.

Pero es que me da miedo, porque tengo yo la impresión de que con esto de los tratamientos estéticos pasará como dicen que pasa con los tatuajes: que una vez que empiezas, no puedes parar. Porque claro, las arrugas de la frente incomodan, pero las tetas «larguitas», el vientre curvo y los muslos que en verano te empiezan a rozar a los dos minutos y medio de ponerte a andar con ese vestidito divino que te has comprado, no se quedan atrás.

¿Y dónde está el límite, Esthercita? ¿No habías empezado a escribir diciendo que la palabra perfección te produce urticaria? ¿Y entonces a qué viene todo esto? Pues ni idea. Ya os he dicho que tengo un lío mental morrocotudo.

¿Tenéis vosotras clara vuestra posición en este tema o compartís mi debate interno? ¿Qué valores vamos a transmitir a nuestras niñas? Ayúdenme, hagan el favor, que yo solita no me aclaro.

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