Querido diario

CONCILIA COMO PUEDAS

6 de diciembre de 2020

Confieso: desde septiembre he vivido varios momentos en los que se me ha pasado por la cabeza la idea de que mi vida era mucho más fácil en el confinamiento total, cuando no podíamos salir de casa más que para comprar harina y papel higiénico. ¿Alguien más del club o soy yo la única pirada?

Igual es cosa mía, pero es que os digo una cosa: yo para estar encerrada en casa sola o sola con las niñas me veía totalmente preparada. Era un rollo y un pelín desquiciante en ocasiones, pero poder, podía. Pero para lo de ahora, hay veces que simplemente no me veo capaz. Porque yo soy solo una y, por lo que sea, no puedo estar en tres sitios a la vez. Llamadme rara.

Y es que el drama de “concilia como puedas, pero sin abuelos” me trae de cabeza. Mientras no haya imprevistos, lo tengo todo más o menos controlado. En el trabajo son comprensivos y me dejan adaptar mi horario a mis necesidades, dentro de unos límites. Así que la semana que estoy con las niñas trabajo menos horas y la que estoy sola meto horas a tutiplén para compensar. Y estoy superagradecida por esta flexibilidad, pero  va y resulta que a veces no es suficiente.

Porque he dicho que está todo controlado mientras no haya imprevistos, pero creo que en los dos meses y medio que llevamos de cole aún no ha habido ni una sola semana sin lo que he pasado a denominar “la llamada del pánico”. Porque la vida de por sí siempre tiende a sorprendernos con acontecimientos inesperados, pero ya cuando tienes dos hijas pequeñas y hay una pandemia mundial gobernando el planeta, es una cosa loca. La fiesta de las sorpresas, se podría titular mi vida de los últimos meses. La semana que no se pone mala una, se pone mala la otra y así vamos alternando, para no perder el estado este de tensión permanente en el que vivo.

Tengo una red de seguridad que me he forjado gracias a lo maja que soy y, sobre todo, al buen corazón que tienen las personas que tengo a mi alrededor. Las mamis del cole me han salvado la vida en más de una ocasión y les estoy eternamente agradecida. Pero, igualmente, hay veces que ni aun así estoy a salvo.

Hace un par de semanas tuve que pagar a una canguro cincuenta euros para poder ir a currar una tarde. Y no veas la fiesta que organicé cuando conseguí una canguro, porque hubo tres horas durante las que, literalmente, no conseguía visualizar una solución a mi drama. Y el caso es que, por desgracia, no soy la única en esta situación.

El otro día me contaba una madre que ella había tenido que dejar a sus hijos solos muchos días. El mayor tiene diez años y la pequeña, ocho. Y esto, amiguis, ¡es una ABSOLUTA BARBARIDAD! Y ojo que no es que yo esté diciendo que esta mujer en concreto sea mala madre, ni mucho menos. Líbreme quien sea de juzgar yo a una madre por tratar de sobrevivir. Lo que digo es que es una salvajada que a día de hoy, ocho meses después de haber empezado toda esta película, el gobierno siga sin crear una ley que nos ayude a las familias a  atender a nuestros pequeños como deberíamos, sin morir de ansiedad cada vez que nos suena el teléfono.

Los que me conocéis sabéis que soy una mujer alegre y optimista y que tiendo por naturaleza a sacarle el lado positivo a todo, pero a este tema en concreto no soy capaz de buscarle la vuelta. Lo conseguiré, pero aún no lo he logrado. A día de hoy, reconozco que me sigo sintiendo superada por la situación.

Lo que sí os puedo decir es que, al menos, tengo la inmensa fortuna de haberme visto obligada hace dos años a aceptar la custodia compartida. Porque amo a mis niñas con locura, pero creo que no habría sido capaz de vivir con esta tensión de manera continuada durante todo el curso entero. O sí lo habría llegado a hacer si no me hubiera quedado otro remedio, pero me habría vuelto loca de remate. Más aún, quiero decir.

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