Querido diario

¡ADIÓS, 2020, ADIÓS!

31 de diciembre de 2020

Queridísimo 2020:

Hay veces que las cartas de despedida se escriben sin tener muy claro si se trata de un adiós definitivo o, por el contrario, la vida volverá a reencontrarte con su destinatario en uno de sus múltiples giros inesperados.

En este caso no es así. Todos los que estos días nos estamos despidiendo de ti sabemos que, por suerte o por desgracia, no te volveremos a vivir jamás.

Y yo me siento en la obligación de escribirte porque me he dado cuenta de que, si por lo que sea aún no eras consciente de que no has gustado demasiado al público mayoritario, estos días deben de estar resultando especialmente duros para ti. La frase «qué ganas de que acabe ya este maldito año” se repite aquí y allá una y otra vez y eso no tiene que ser fácil de digerir para alguien como tú, que llegaste hace 366 días con ganas de hacernos felices a todos. Estoy convencida de que no tenías intención de joderle la vida a nadie, pero 2019 te lo puso complicado poniendo la semillita en China y poco a poco se te fue de las manos. Es como cuando un partido llega al gobierno y echa la culpa de todo lo malo que pasa a la herencia del gobierno anterior. Tú no pudiste hacer nada para evitarlo.

Reconozco que yo estaría hecha polvo si supiera que tanta gente está deseando perderme de vista. Sin embargo, quiero que sepas que estoy segura de que hay muchísima más gente como yo. Muchísima más gente que te está INFINITAMENTE AGRADECIDA y que te recordará como uno de los mejores años de su vida.

Si sirve de algo, te diré que yo siempre te guardaré en mi memoria como uno de los años que más me hizo crecer. Y hablo de crecimiento interior, claro. El crecimiento exterior de estas últimas semanas ha sido cosa de mi adicción a los polvorones de Felipe II y al turrón de piña de Lacasa, y se viene repitiendo todos los diciembres desde que tengo uso de razón, así que no sería justo cargarte con la culpa.

Empezó la cosa fatal. El 6 de enero, justo antes de que llegaran mis niñas después de muchos días sin vernos y de mi primera nochevieja sin ellas, me descubrí un bultito en la teta izquierda que hizo saltar todas las alarmas. Abrí los regalos que nos habían dejado los Magos de Oriente con un nudo en la garganta. Los siguientes días fueron el infierno hecho realidad. Los tres médicos por los que pasé torcían el morro al tocarlo. Todo parecía indicar que, efectivamente, ese bultito era un tumor de los feos. Hace poco releí unas páginas de un cuaderno que escribí durante esos días y se me pusieron los pelos de punta. ¡Cuantísimo miedo y cuantísimo dolor acumulados!

Pero también te digo que el miedo y el dolor me duraron tres telediarios. A los pocos días de estar viviendo en esa angustia infernal me recordé a mí misma que en esta vida todo pasa por algo y que pasarme el día llorando y maldiciendo no iba a solucionar nada. Mi cerebro hizo click y me volví a colocar la sonrisa en la boca.

Me compré el pijama «No drama» de la Vecina Rubia y empecé una búsqueda exhaustiva de  turbantes en internet. Con lo que me gusta a mí llevar cosas en la cabeza y nunca me las pongo porque se me queda el pelo escachuflau, esta iba a ser mi oportunidad de lucirlos. Soy consciente de que es una frivolidad absoluta, pero estaréis conmigo en que tampoco al cáncer se le pueden sacar mil cosas positivas así de entrada, por muy optimista que sea una.

El caso es que finalmente todo quedó en un susto porque lo que parecía un tumor, resultó ser una «simple mastitis». Y la describo como simple porque comparada con un cáncer, una mastitis es, evidentemente, una chorrada monumental, pero me las hizo pasar muy putas, quirófano y anestesia general de por medio, no os creáis.

Pero aquello pasó y llegó marzo. Parecía que la mastitis había quedado atrás y yo iba a tener una cita con el hombre más guapo de España. Con Miguel Ángel Silvestre no, con el otro más guapo de España. Mi cabeza estaba convencida de que lo malo de 2020 ya había pasado. El día 14 iba a ser EL DÍA. «Vale, has tenido una mastitis, pero la vida te va a recompensar con una cita con el hombre más guapo de España. No todo el mundo puede decir eso». Pero de repente apareció el señor Sánchez en la tele diciendo que nos teníamos que quedar encerraditos en casa y la cita se volvió a posponer. Una vez más. Probablemente la última vez, porque la cosa se enfrió de tanto esperar.

Ay, perdón, este último párrafo lo ha escrito Elena, que me he levantado un momento a coger un polvorón y me ha robado el teclado. Sigo yo.

Total, que llegó el confinamiento y me dio por pensar en lo a gusto que estaba yo solita en mi casa sin tener que aguantarme más que a mí misma, que a veces ya es más que suficiente, y en lo duro que sería que este encierro forzoso hubiera llegado dos años atrás, cuando estaba en pleno proceso de divorcio. Y pensé que tenía que hacer algo para ayudar a toda la gente que estuviera divorciándose o que tuviera pensado hacerlo, a vivir ese difícil proceso con menos drama y con más optimismo. Y, así a lo tonto, escribí una novela. Bueno, así a lo tonto no, con muchísimas horas de trabajo y de formación y con la ayuda de mi mentora, Itzi Sistiaga, el implacable ojo de Clara Criado de Letropía y varias buenas amigas que pusieron su granito de arena.

Y, por fin, llegó el 9 de octubre y «Felizmente divorciada» salió a la luz. A pesar de los pesares. A pesar de intuir que no iba a contar con el beneplácito de todo el mundo. A pesar de todos los miedos, de la incertidumbre y de no saber si os iba a gustar o no. A pesar del riesgo económico que implica el mundo de la autoedición. A pesar de que mi vida haya quedado un poquito expuesta porque, aunque yo siempre he dejado claro que es un libro de autoficción y que eso quiere decir que hay partes que no son ciertas, vosotros os lo habéis creído todo al pie de la letra. A pesar de que es posible que Jon lo lea, se piense que estoy como una puta regadera y me deje de hablar por los siglos de los siglos.

Vosotros: Ah, pero entonces, ¿¿¿Jon existe???

Yo: ¿Jon? ¿Quién es Jon?

Y, sin duda, a pesar de los pesares, la publicación de «Felizmente divorciada» es lo mejor que me ha pasado desde que nació mi hija pequeña hace cinco años. Recibir vuestros comentarios diciendo que os sentís superidentificadas con Elena, que os he ayudado a ver la luz al final del túnel o, simplemente, que os he hecho reír, me produce una satisfacción que soy incapaz de explicar. Siento que cada vez que alguien me escribe crezco un poquito más por dentro y llevo desde octubre con la sonrisa anclada en mi boca. También ha habido momentos difíciles en estos meses, pero os prometo que me han durado muy muy poquito, porque los sentimientos positivos pesan infinitamente más en la balanza.

Y por todo esto, queridísimo 2020, yo solo te puedo decir: GRACIAS. Gracias por haber llegado y haber puesto todo del revés, por haberme regalado tantísimo tiempo de soledad en mi casa sin el que este sueño no sería hoy realidad y por dejarme seguir disfrutando de toda la gente a la que quiero, aunque este año haya tenido que ser en la distancia.

Volverán los abrazos y los besos, los bailes y las risas y todos los viajes que quedaron pendientes. Volverán las fiestas, la ropa blanca y los pañuelicos rojos, las jotas, la playa, el mar y las casas rurales con los primos. Puede que incluso vuelvan las escapadas con amigas que antes necesitaban de una despedida de soltera como pretexto para hacerles un hueco en las agendas.

Porque, las cosas como son, yo te estoy eternamente agradecida, pero echo de menos a mi gente hasta el infinito y más allá. Y tengo la sensación de que no soy la única y de que, dentro de un tiempo, cuando podamos mirarte con perspectiva, todos te daremos las gracias por habernos ayudado a darnos cuenta de que tenemos que vivir la vida de otra manera, disfrutando al máximo de todo aquello que, hasta que tú llegaste, no sabíamos apreciar.

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